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Noticias 2018-08-29 19:12

Analiza INAH el subsuelo del Templo y Ex Convento de Tochimilco, Puebla, afectados por sismo

Analiza INAH el subsuelo del Templo y Ex Convento de



Tochimilco, Puebla, afectados por sismo



*** Con el uso de georradar y la realización de una tomografía de resistividad eléctrica,

se busca conocer las condiciones del terreno y de la cimentación del inmueble, previo a

su intervención

*** Se trata de tecnología de punta no invasiva ni destructiva, que la institución utiliza en

la recuperación del patrimonio cultural dañado por los sismos

La utilización de recursos tecnológicos que contribuyan en la recuperación del

patrimonio cultural dañado por los sismos de 2017, es una de las acciones que realiza

el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), mediante el uso de tecnologías

no invasivas en los estudios preparatorios a la restauración en diversos inmuebles

afectados.

Ejemplo de ello son el radar de penetración terrestre o georradar y la tomografía

de resistividad eléctrica que un equipo de especialistas del INAH, encabezado por el

doctor José Ortega Ramírez, usan en el Templo y Ex Convento de Nuestra Señora de

la Asunción, en Tochimilco, Puebla, con el fin de conocer las condiciones actuales del

subsuelo y su cimentación, previo a su intervención.

El complejo conventual franciscano, considerado un ejemplo relevante de la

arquitectura religiosa del siglo XVI en América y uno de los 14 monumentos que

comprende la ruta de los “Primeros Monasterios del Siglo XVI en las Laderas del

Popocatépetl”, reconocida como Patrimonio Mundial por la UNESCO, tuvo diversos

daños, entre ellos grietas longitudinales a lo largo de las bóvedas de la nave principal

del templo.

El responsable del Laboratorio de Geofísica del INAH, el doctor José Ortega

Ramírez, mencionó que su participación en este proyecto de restauración se debe a la

iniciativa de la Coordinación Nacional de Monumentos Históricos de la institución, el

Centro INAH Puebla, el Instituto de Ingeniería de la UNAM y la UNESCO, quienes le

solicitaron colaborar con el estudio estructural para contar con bases científicas e

ingenieriles del inmueble.



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“Para restaurar las bóvedas del templo se instalará un gran andamiaje y

apuntalamientos, cuyo considerable peso será soportado por el piso de la iglesia, por lo

que se nos solicitó analizar el subsuelo de ésta para conocer las condiciones en las que

se encuentra, si hay alguna cavidad o elemento que pudiera interferir o representar un

riesgo para su instalación en el templo”, indicó.

Asimismo, se realiza un estudio estructural de la profundidad y espesor de las

cimentaciones, en colaboración con el Instituto de Ingeniería de la UNAM, con lo que se

podrá reconstruir el inmueble con mayor fortaleza y estabilidad.

El georradar, montado en un vehículo de tres ruedas, similar a una carriola, emite

ondas electromagnéticas hacia el subsuelo a través de una antena con una frecuencia

determinada, mismas que al chocar o encontrar algún material o elementos con

distintas propiedades eléctricas, principalmente la conductividad eléctrica, generan una

reflexión (cambio de dirección o sentido de su propagación) que regresa hacia la

superficie y es registrada por una antena receptora.

El equipo emite ondulaciones casi instantáneas, con lapsos pequeños que se

miden en nanosegundos (una billonésima de segundo), después se hace un muestreo

de esas reflexiones para generar una imagen en dos dimensiones. Los datos son

filtrados o procesados —muchas de las veces la señal es menor que el ruido ambiental

provocado por las frecuencias de celulares, radio y televisión—, cuyo resultado es una

imagen que permite interpretar anomalías que podrían ser fracturas, cavidades,

humedad o cualquier accidente que puede tener el subsuelo.

“Con el georradar, hasta el momento, hemos sondeado el subsuelo del frente de

la entrada principal del templo, donde se aprecian anomalías como humedad a dos

metros y medio, aproximadamente, lo que puede generar un impacto directo en la

cimentación al momento de colocar las pesadas estructuras”, explicó Ortega.

El doctor en geología por la Universidad Estrasburgo, Francia, indicó que el

georradar funciona con antenas de baja frecuencia, de 100 y 200 MHz (Megahertz), con

mayor penetración en el subsuelo pero de poca definición a profundidades someras, y

dos de alta densidad de 900 y 1500 MHz, montadas en un carrito electrónico que mide

velocidad y distancia, lo que permite un sondeo más preciso; con ellas también se

pueden analizar muros, posibles fracturas, su correcta inyección (con la cantidad

suficiente de cementantes para ello) o el riesgo de pérdida de aplanados.

De la misma forma y en colaboración con el Instituto de Ingeniería de la UNAM,

el equipo del doctor Ortega realiza un análisis de resistividad eléctrica del subsuelo, que

mide la resistencia que oponen los materiales en el subsuelo al paso de la corriente

eléctrica que se le inyecta para conocer la profundidad y espesor de las cimentaciones.

“Se colocan dos electrodos de inyección con los que se aplica corriente directa al

subsuelo y se miden —con otros dos polos— las diferencias de potencial o voltaje que

existe debajo de la superficie a la misma distancia donde se colocaron los cuatro

electrodos. La imagen que se obtenga expondrá los diferentes valores de resistividad



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(medidos en Ohm-Metro): si son valores muy altos es que se trata de materiales muy

resistentes, o muy bajos, que serían conductivos”, detalló.

Por ejemplo, continuó, si hay valores muy bajos de resistividad y muy altos de

conductividad, se trata de un material que está muy húmedo y que conduce la

electricidad inyectada, pero, si la resistividad es muy alta se podrá inferir que se trata de

un muro, o en su caso, una cavidad, que son cuerpos superresistentes porque la

energía eléctrica no viaja en el espacio o en oquedades.

La profundidad reflejada en el análisis se relaciona con la distancia donde se

ubiquen los electrodos. La configuración inicial, con cuatro polos llamados cuadripolos,

va a variar, ya que a mayor distancia entre polos habrá mayor profundidad, para que

sea menor hay que cerrar la distancia entre ellos, cuyo resultado es una profundidad

pero mayor definición en la parte más superficial.

“El método de resistividad eléctrica aplicado a la arqueología, data de los años

cincuenta, pero su aplicación en la restauración del patrimonio cultural afectado por el

sismo es un caso muy particular, ya que, aunque en sus origines era un método

invasivo debido a que había que perforar para meter el electrodo y tener un contacto

perfecto con el subsuelo, ahora se utilizan electrodos planos, por lo que esta técnica la

aplicamos en muros, y es algo novedoso en México”.

Expuso que se realizan tomografías con esta técnica, que son una suerte de

cortes en muros, para conocer el espesor y profundidad de la cimentación por medio de

la inyección de corriente eléctrica y mediciones de variaciones en el voltaje al inyectar

esa energía.

A los ingenieros también les interesa saber si los cimientos no han sido

afectados por humedad o si hay alguna corriente de agua subterránea que pudieran

estar erosionando la base, lo que provocaría efectos de hundimiento o desplazamientos

que afectan las estructuras, por lo que es otro de los objetivos del estudio de

resistividad.

El titular del Laboratorio de Geofísica del INAH manifestó que con los resultados

de los estudios, los responsables de la restauración podrán tomar decisiones para la

recuperación del inmueble.

“La aplicación de este tipo de tecnología en la recuperación del patrimonio

cultural no debe verse sólo como parte del expediente del proyecto de restauración,

sino como un elemento importante en este trabajo que realiza el INAH, pues ofrecen

datos científicos concretos, de manera rápida, que ayudarían en el desafío que tiene el

instituto por delante”, finalizó el doctor.

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