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Museos 2016-04-14 19:46

Descubren lapida funeraria de canonigo de la primera

Frente a la Catedral Metropolitana



Descubren lápida funeraria de canónigo de la primera



mitad del siglo XVI



· Podría formar parte de la tumba de Miguel de Palomares, quien fue integrante del primer



cabildo eclesiástico de la Catedral de México, siendo obispo fray Juan de Zumárraga



· Especialistas del INAH ubicaron la lápida tallada en piedra con un epitafio en sus márgenes que



hace referencia al citado clérigo



Arqueólogos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) descubrieron una lápida



funeraria de la primera mitad del siglo XVI, la cual podría formar parte de la tumba de Miguel de



Palomares, canónigo español que fue integrante del primer cabildo eclesiástico de la Catedral de



México, durante el obispado de fray Juan de Zumárraga. De encontrarse los restos de este personaje



histórico, se aportarían importantes elementos para comprender parte del modo de vida en las décadas



inmediatas a la conquista de México-Tenochtitlan.



Se trata de la primera vez que se identifica in situ el monumento funerario de un alto clérigo



ligado a la administración y al culto de la primera Catedral de México, construcción cuyos vestigios



yacen bajo tierra. Cabe recordar que los restos de fray Juan de Zumárraga, que sería también su primer



arzobispo, fueron exhumados en el siglo XVII y trasladados a la Catedral Metropolitana, la que hoy se



conoce y cuya edificación se realizó a lo largo de tres siglos.



En conferencia de prensa, se dio a conocer que el hallazgo registrado por personal del Programa



de Arqueología Urbana (PAU) del Museo del Templo Mayor ocurrió en atención al aviso de las



autoridades del Fideicomiso del Centro Histórico de la Ciudad de México, cuando ingenieros que



supervisaban la cimentación de uno de ocho postes que se instalarán para iluminar la fachada de la



Catedral Metropolitana bajaron 20 centímetros más de lo previsto para asentar adecuadamente una de



las luminarias.



José Mariano Leyva, director del fideicomiso, narró que los ingenieros toparon con la lápida por



azar, de ahí que la fortuna sigue siendo un elemento importante en el encuentro con nuestro pasado.



Asimismo, comentó a los medios de comunicación reunidos en el Museo del Templo Mayor que la



relación entre la institución que dirige y el INAH es colaborativa.



El maestro Eduardo Matos Moctezuma recordó que desde hace 25 años el PAU —a través de



rescates y salvamentos— ha ido revelando fragmentos de lo que fue el Recinto Sagrado de México-



Tenochtitlan, “el espacio de habitación de los dioses prehispánicos”, pero también ha reportado



hallazgos que contribuyen al conocimiento de las primeras etapas de la Colonia, como es el caso del



más reciente.



El arqueólogo Raúl Barrera Rodríguez, responsable del PAU, explicó que el pozo de sondeo (de



1.60 x 1.60 m) donde se localizó la lápida de Miguel de Palomares se ubica de frente a la puerta central



de la portada de la Catedral.



A 1.25 m de profundidad con respecto al piso actual, se encuentra la losa tallada en una toba



volcánica de tono verde, conocida como piedra chiluca, con un epitafio en sus márgenes alusivo al



clérigo. En su parte intermedia se delinea un escudo con tres flores de lis, símbolo vinculado con la



orden dominica; no obstante, por ahora no es posible precisar que el canónigo español haya sido



miembro de esta institución.



Tallados sobre la lápida (de 1.87 m de largo, 90 cm de ancho y un espesor de 30 cm), se



observan caracteres en castellano antiguo que detallan el último lugar de descanso del canónigo Miguel



de Palomares. A éstos sigue una leyenda en letras griegas, la cual aún está por interpretarse, pero que



pudiera referirse al nacimiento y muerte del personaje al parecer natural de Calahorra, clérigo de



Cuenca, y fallecido en la Ciudad de México en 1542.



Raúl Barrera citó que el arqueólogo José María García Guerrero es quien ha estado a cargo de



los trabajos de campo, y dijo que ambos consideran que la lápida aún está protegiendo los restos de la



osamenta de Miguel de Palomares. Lo anterior se deduce porque si el cuerpo sólo hubiera sido



amortajado o colocado en un ataúd de madera, la lápida se hubiera vencido al paso del tiempo.



Explicó que la piedra está fracturada casi a la mitad, pues un par de siglos después y, sin saberlo,



se desplantó un poste o una gran cruz encima, como es evidente por la huella que del mismo quedó en la



lápida. En ese sentido, las maniobras para trasladar la lápida al Museo del Templo Mayor serán



extremadamente cuidadosas, ya que la piedra chiluca es muy delicada.



Además de la lápida dedicada a Miguel de Palomares, los especialistas del INAH destacan la



existencia de los restos de un muro, también del mismo material y próximo a la lápida funeraria, que



corresponde justo a la primera Catedral de dimensiones modestas construida por encargo de Hernán



Cortés en 1524 y que se ubicó en el límite sur del Recinto Sagrado de México-Tenochtitlan.



Lo anterior se deduce porque se desplantó sobre una plataforma prehispánica y tiene una



alineación oriente-poniente, coincidente con la que guardaban los edificios mexicas, orientación que



sería modificada en sentido norte-sur, cuando en 1562 se comenzaron los primeros trabajos de



cimentación para la construcción de la nueva Catedral, que ahora conocemos.



Barrera considera que el límite poniente de lo que fue la Catedral de inicios del siglo XVI (pese



que aún no ha sido precisado físicamente) debe hallarse por lo menos 18 metros delante de donde se



localizó la lápida de piedra, pues a esta distancia y al mismo nivel que corresponde al periodo colonial



temprano, se registraron dos entierros, uno de ellos incompleto y otro que corresponde a un individuo



femenino de aproximadamente 25 años de edad.



Esta excavación, realizada por la integrante del PAU, Mariel de Lourdes Mera Cázares, estaría



marcando el confín entre la antigua Catedral y el camposanto que se hallaba frente a ésta. Por la relación



que guarda el entierro completo, se sabe que fue depositado en posición cristiana, extendido y con los



brazos cruzados sobre el pecho.



A la espera de continuar las tareas de salvamento arqueológico, los expertos del PAU se



muestran optimistas por el descubrimiento de estos elementos culturales. En el caso de la lápida



funeraria de Miguel de Palomares, señalan que pocas veces se tiene la oportunidad de contar con



referencias directas a personajes históricos, más aún ligados a un momento clave como la época de



De hallarse el entierro de Miguel de Palomares, éste podría aportar información relativa a las



prácticas mortuorias que se llevaron a cabo con los capitulares de la Catedral de México, en la primera



mitad del siglo XVI; e incluso en torno a la dieta de un individuo de origen español que vivió sus



últimas décadas en la naciente ciudad novohispana.



El cabildo eclesiástico



En su tesis doctoral titulada La Catedral de México y su cabildo eclesiástico. 1530-1612, el historiador



José Gabino Castillo Flores señala que desde 1527 los procuradores de la ciudad insistieron ante el



consejo del rey que se les proveyera de oidores, prelado y canónigos, “pues ya se contaba con los



diezmos necesarios”. Advertían que la presencia de tales autoridades ayudaría al mejor gobierno y



cristianización de las tierras. El cabildo inició formalmente sesiones en la Catedral en 1536.



Miguel de Palomares fue uno de esos canónigos que integraron el primer cabildo eclesiástico de



la Catedral de México, tras haber servido al curato de la ciudad de Veracruz.



Como señala José Gabino Castillo, “dado que uno de los papeles fundamentales de la Catedral



era la evangelización, la Corona se valió de estos personajes que acumulaban experiencia en la



conversión de los indios. La Corona reconoció desde muy temprano, como en las diócesis españolas al



momento de la reconquista, el servicio de estos primeros evangelizadores en nuevas tierras.



“Los miembros del cabildo eran nombrados por el rey, de manera que debían a él su fidelidad,



sustentada por una red clientelar que se tejía a ambos lados del Atlántico”.



Los cabildos eclesiásticos se conformaban por un grupo de clérigos que compartía con el obispo



las obligaciones concernientes al culto religioso (el canto y el rezo del oficio en el coro eran la tarea en común más importante) y administrativas de su catedral sede. Éstos se constituyeron jurídicamente



hacia el siglo XII de nuestra era.

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